Vía Vitelia
Juan Cristóbal Mac Lean
Donde Vitelia vive sólo tiene lugar el lugar y no se recoge el cielo.

Su casa está en pleno altiplano, en un lugar llamado Llachu, donde hay unas pocas casas,
muy separadas entre sí y color tierra, apenas visibles a la distancia. Entrevistas en medio de
la planicie, de la pampa, parecen todas deshabitadas desde siempre, para siempre. Allá, a
unos veinte kilómetros del pueblo de Turco, que queda a unos 260 kilómetros al oeste de
Oruro, en la provincia Sajama.

Llachu, tierra radical: 360 grados de horizonte a 360 grados del horizonte, de la astilla. De
donde sólo se ve el horizonte al horizonte. ("Horizonte, horizonte, ¿estás seguro?", decía un
verso de Juan Larrea).

Y en los días más claros del verano se asoman, furtivos y como suspendidos encima de la
distancia, encima de los espejismos que parecieran su puerto o natural mar de tierra, los
picos nevados de algunas grandes montañas. Barcas encalladas en el cielo, garantes de
una sangre inmóvil. Luego nada más.

La distancia a mano, el horizonte inconmovible, apenas alguna ondulación de duna, tal vez,
afirmando lo plano en que se asienta el oficio de la arena. Eso tan perfectamente plano que
uno puede alejarse un poco de la casa, de la casa de Vitelia, como para que no le estorbe
ésta en el ejercicio de girar como un trompo, rápidamente, con los ojos muy abiertos.
Entonces, ésto: uno se descubre, al hacerlo, a sí mismo en el centro de una circunferencia
que el horizonte traza.

Pero si cumplido este ejercicio de geo-geometría me alejo unos pasos, vuelvo a repetirlo,
otra vez me encuentro en el mismo centro de una circunferencia que nuevamente traza el
horizonte.

¿Estaré pues girando, girando como un trompo en una esfera cuya circunferencia está en
todas partes y su centro en ninguna? ¿O deberán más bien recordar, las metáforas y los
hechos, esos cerrados círculos de metal que los magos, en los redondos circos, hacen
pasar uno dentro del otro, activando centros, desmintiendo la fijeza, dejando danzar el
número Pi al compás de los tambores del breve horizonte de la carpa?

Pero es improbable que jamás se haya preocupado, Vitelia, de tales malabarismos
cotidianos.

Tal vez ni del horizonte, pues no lo ve de lejos: es su patio.

Ahora ya debe tener unos cuarenta años. No se casó nunca, seguramente ya no lo hará; si
nunca lo hizo ello probablemente se debe al hecho de ser coja. La soltería, la cojera, la
recluyeron paulatinamente, cada vez más en su propio campo; ese abrigo que vuelve del frío.
Y así, con el tiempo, Vitelia dejó incluso de ir al pueblo de Turco (seis-ocho horas en
bicicleta) a las fiestas, las compras, los domingos... Años sin ir ya más.

Las tres o cuatro veces que fui a Llachu, después de matar una llama del corral —participo
activamente en uno u otro crimen—, carnearía, poner partes al fuego y comerlas, me gustaba
sentarme otra vez en una piedra a tomar sol y mirar lo que había al frente: el lejano patio de
Vitelia.

Me decía, buscando asentamientos para lo imposible: aquí, sin luz eléctrica, sin agua (hay
que traerla de un pozo lejos), sin la maldición planetaria de la radio, sin casi nadie cerca,
aquí, donde todo lo que hay es lo que veo, aquí, día a día, durante decenas de años, ante
esto, esto, eso que no conoce hojas, pájaros, ondulaciones del terreno, murmullo de arroyos,
la asiduidad de caravanas o extranjeros, aquí es donde vive ella, esta mujer coja y callada,
que sonríe de vez en cuando, que dulce, muy dulce a veces mira las nubes o las llamas,
apacienta el humo.

A un par de kilómetros de su casa se veía, diminuta, una pequeña y antigua capilla blanca.

Una mañana fui, bajo todo el sol. Esperaba encontrarla derruida, abandonada, sólo un
documento y un escombro de la lluvia, del viento y aún Cristo. Pero cuando llegué estaba
íntegra, escondida en lo plenamente abierto, retraída en su blancura estoica. La puerta
cerrada, con los nudos de la devoción y, tras deshacerlos (deshacerme), entré.

Adentro, no me encontré con lo imaginado: polvo viejo, olvido, reclinatorios derruidos,
oxidados candelabros—una suerte de desván. No. La capilla más bien brillaba de atención y
de limpieza, de penumbra pura, de silencio filo y acogedor de los latidos del propio corazón.
Habían, incluso, unas pocas flores blancas, frescas ¿quién las había traído, de dónde? Me
quedé inmóvil dentro, como paralizado, sorprendido en pleno.

Otra vez: no todo yo para recibir lo que había adentro, adentro de esa penumbra, de ese
recogimiento del adobe: el oleaje de la luz, el callar de las cantatas. Y entonces caí, caí, caí —
de rodillas.

¿Y escribo de rodillas todo esto, ahora? ¿Me quedé en esa capilla, o llegué siquiera, un día,
a entrar en ella?

Cuando volví a la casa de Vitelia, tímido como el cargador de un pecado, el pecado y yo
delatados y sin armas, todos estaban ocupados en el patio. Ya era tarde, empezaba a
soplar el viento.

Aún lo escucho.
Los Autores
Juan Cristóbal Mac Lean