WITTGENSTEIN O LA RAZÓN DESDICHADA
Antonio Mayorga
Ludwig Wittgenstein alimenta palomas en Noruega cuando no camina por los jardines de Cambridge y no
sufre con las torpes palabras de sus alumnos, a los que detesta inmisericorde, en un aula en la que un
siglo antes Hume procuraba, iluso, otorgar mares de luz y razón. Defenestra la absurda pretensión de los
filósofos por encontrar y abrazar una verdad como se abraza a dios, mientras come sandwich de cerdo y
mira absorto films policiales, en los que halla mayores sutilezas dichas sobre las cosas del mundo que
las que dicen ciertas revistas de la academia a las que ridiculiza con vehemencia.

Piensa con asombrosa lucidez que las cosas del mundo pueden y deben ser traducidas en unas
proposiciones o unas palabras estructuradas lógica y claramente. Que sólo se puede pensar de aquello
que está y sucede en el mundo y que nada tiene sentido fuera de esa su posible representación o
traducción; por lo que filosofar no sería cosa diferente que encontrar las correspondencias entre el
mundo y ciertos arquetipos cifrados en proposiciones lógicas. En su Tractatus considera, una y otra vez,
que lo que está más allá de las cosas y acontecimientos de lo que llamamos realidad no es accesible a
nuestro entendimiento, al menos no con los recursos de la razón. Que para aquello que está fuera de los
hechos y las situaciones del mundo solamente cabe el silencio y ahí nada sirve sino el fuego de la
experiencia. Y de ello sólo pueden dar cuenta los místicos, los poseídos, los poetas y, quien sabe, los
locos y los ebrios.

Al paso de un tiempo recorre un largo camino filosófico hacia un lugar sin líneas demarcadas, ni planos
establecidos, ni límites precisos; más desordenado y disperso pero simple y pedestre: el lugar del
diálogo común y cotidiano. Considera, mientras escribe en sus cuadernos azul y marrón, que la palabra
elemental y clara del día a día contiene todas las posibilidades, los entreveros y las complejidades de
cuanto nos rodea y de cuanto decimos de lo que nos rodea.   

  La claridad no estará más en la helada geometría de los arquetipos lógicos. Sólo en lo que alguien le
dice al otro y ambos son capaces de comunicarse porque comparten un universo de signos y prácticas
comunes. Para hablar claro hay que jugar en el juego de lenguaje que compartimos con nuestro par o
semejante. Dentro del juego la comprensión, la comunión y la comunicación, fuera del juego la imperiosa
necesidad de entrar a otro juego. Juegos mil para comuniones mil. Esa será la única forma para salir del
laberinto en el que habitan los problemas filosóficos y, quién sabe, los problemas de la ciudad y de los
hombres y mujeres que ahí dicen vivir.

Piensa esto casi al final de sus días, sin el fervor ni el optimismo de sus predecesores; con la misma
simpleza con la que replica algunas ideas de su maestro Russell que temeroso consiente y con el mismo
desapego con el que habita un cuartito, de sólo cama y mesa de luz. Y lo hace, mientras recuerda la
casa paterna de la Kundmanngasse nº 19 en una Viena ya lejana de saber que dos de sus hermanos se
perdieron de sí mismos hasta inflingirse la muerte y que otro hermano viaja inconsolable por Austria
dando conciertos de piano con una sola mano, la que le queda.  

Por siempre, su batalla --a veces apacible, a veces crispada-- será con los artificios del lenguaje y sus
límites respecto al mundo. Quizá por ello mismo, no frecuenta jamás el vértigo de existir propuesto por
algún tipo de metafísica o estética, por más arrebatada y desaforada que ésta fuera. La desdicha de no
ser, en todo caso, la encuentra allí donde habita el anverso de la palabra: el silencio, la música y la
consternación de no encontrarse en el espejo.          

Ciertamente, Wittgenstein lo piensa todo con tenso desapasionamiento y, sin embargo, lacerado por el
fuego de sus entrañas, sucumbe una noche cualquiera, después de un desolado pasaje de Mahler que
escucha doliéndose próximo al aniquilamiento.
atar a la rata